Crónicas sexuales… Polvos de gallo que salvan

marzo 13, 2019 en

Crónicas sexuales… Polvos de gallo que salva

Mi nombre es Nora Román de Izquierdo y soy una

ninfómana.

Reconozco que antes no hubiera podido decirlo con tanta soltura. Pero los 3 meses y siete días que llevo en terapia con Víctor, mi psiquiatra, me han ayudado bastante a aceptarme y a lidiar con mi

hipersexualidad.

Hoy entiendo que todos experimentamos deseos sexuales, unos con mayor intensidad que otros. Yo he tenido sexo muchas veces — con hombres y mujeres — tanto que ya perdí la cuenta. Literalmente he tirado hasta con el lechero. Ahora, que la verdad sea dicha, pues quiero dejar por sentado que muchos de los hombres con los que me he acostado, prácticamente se hubieran follado cualquier cosa que se moviera, pero, sin embargo, la sociedad los acepta tal y como son, mientras que a las mujeres con un

apetito sexual

como el mío,

nos catalogan de putas.

Ya se ha dicho, un machismo criminal como este se sostiene solo; pues, no es gratis que muchos de los que están leyendo esto conocen la palabra ninfómana, pero nunca han oído hablar de la palabra

Satiriasis,

sinónimo masculino de ninfómana. ¿A poco conocías esta palabra, verdad que no?

Hipersexualidad

Por otra parte, dicen que las

personas hipersexuales

nos masturbamos varias veces al día, vemos mucha

pornografía,

jodemos como conejos y somos promiscuos. Todo lo anterior podría ser cierto, pero en lo que a mí respecta, estos son síntomas que muchas otras personas catalogadas como “normales” experimentan. Asimismo, como me lo explicó Víctor, ni la misma biblia de la psiquiatría, el

DSM-V,

describe en ninguna parte de sus voluminosas páginas a

las ninfómanas.

O sea, que no somos enfermas psiquiátricas, solo

nos gusta follar

un poco más de la cuenta. Yo tenía problemas para conservar un trabajo, para asistir a una reunión familiar, básicamente las ansias libidinosas me carcomían y en ocasiones también me colocaron en situaciones de riesgo de contraer una enfermedad venérea, pues mantuve muchas relaciones “a pie limpio”, es decir, sin usar un condón. No obstante, lo más molesto era que el

sexo

ya no me parecía excitante, me reducía a la condición de un drogadicto que sin terminar su primera dosis, ya estaba pensando en la siguiente. Palabras más o palabras menos, los verdaderos problemas de mi hipersexualidad recaían en la imposibilidad de controlar mis

deseos sexuales.

Para serles sincera, la idea de visitar un “loquero” no fue tan grave como lo que en primer lugar me condujo a tomar esa medida. Digamos que toqué fondo, 3 meses atrás, un 25 de diciembre aproximadamente a las 12 y 40 a.m. Rodrigo mi esposo se había llevado el carro para recoger a mi hijo Leo que estaba en casa de su novia. Mi hija Cindy luego de haber bebido demasiado Merlot, yacía dormida en un sofá victoriano de color rojo que tenemos ubicado junto a la piscina. Yo por mi parte había subido a la azotea para fumar un cigarrillo, pero por cuestiones, supongo, relacionadas también con mucho Merlot, olvidé mi caja de fósforos. Debí de haber pasado unos 3 minutos decidiendo si olvidaba el cigarro y mejor me conformaba con ver el cielo estrellado, cuando de repente Fabián — el novio de mi hija — rompió el silencio — Señora Nora, permítame — dijo con su voz gruesa. Al instante escuché el metálico sonido de un

encendedor zippo

y un fogonazo que iluminó a media luz mi cara y la de él. Fabián también me había rozado un seno con su mano izquierda de una forma sutil, imperceptible, casi con el pulso de un relojero suizo. Mientras yo fijaba el

marlboro

en mis labios y me reclinaba un poco para aprovechar la lumbre, hicimos contacto visual y noté una

cierta picardía en su mirada.

Cierta picardía en su mirada

Una parte de mí quería simplemente acabar ese cigarrillo de una sola calada y bajar por las escaleras, pero otra parte de mí quería una calada de su

miembro viril

que se veía resaltar desde su entrepierna, amenazante como cuando un pájaro quiere romper su cascarón. — lo debe tener grande, pensé — Así que mientras sostenía mi cigarro con la mano izquierda y le daba una calada con mis labios, mi mano derecha guiada por un impulso inconsciente le agarró su miembro como si fuera una araña de ocho patas aferrándose a su presa. La tenía tan dura como mis pezones. Él no se inmutó, así que le bajé el cierre de la bragueta,

extraje su miembro

al tiempo que me colocaba en posición de cuclillas y mientras exhalé una última calada de humo, su

pene

desapareció en mi boca, justo como uno de esos actos en los que un mago se traga una espada. Fabián gimió como colegiala precoz. Su entusiasmo fue tal que con fuerza sujetó mi cabeza y me la siguió hundiendo sobre su sexo, hasta rozar la epiglotis de mi garganta con su glande.

Luego, súbitamente, deslizó su mano derecha por mi negra cabellera e hizo un violento enredajo. Fue más lo que

me excitó

que lo que dolió, luego como cuando un buzo pierde el cable primario de su tanque,

sacó su polla

de mi boca alcanzando a derramar una mezcla de saliva y jugos viriles, que se deslizaron aún tibios por entre mis senos. Fabián sin soltarme del cabello se tendió en el suelo e hizo señas para que me sentara a horcajadas sobre su

verga erguida

como un asta de bandera. Pensé que me la iba a introducir en la

vagina,

pero en lugar de eso me tomó por la puerta trasera. Me penetró con fuerza y me hizo mojar la camisa de seda, que mi hija Cindy le había regalado de navidad. Poco después de estar cabalgando sobre su miembro, sentí algo tibio y espeso que lentamente se deslizó por mis piernas. Aquello solo podía ser la señal de su condenada precocidad. Sentí tanta rabia y frustración que pensé — maldito polvoegallo —. ¿Si alguna vez han visto como un gallo se tira a una gallina? entenderán por qué la expresión

polvo de gallo

fue el calificativo perfecto para Fabián.

Polvo de Gallo

Por otra parte, saben de ese dicho que dice: “nadie sabe para quién trabaja” esa noche cobró más sentido para mí, porque si Fabián hubiera durado por lo menos 7 minutos más, tiempo que dura un hombre promedio en la cama, mi esposo Rodrigo y mi hijo Leo nos hubieran atrapado en el acto. Mejor dicho, me salvé por un pelo o mejor aún; me encontré con uno de esos polvos de gallo que salvan. Sé que puede sonar gracioso para ustedes, pero para mí fue algo penoso. Fabián no volvió a llamar a Cindy, ella se lamentó, lloró terriblemente y tuve que consolarla, sabiendo que yo era una de las culpables. Esta culpa fue la que me hizo buscar ayuda. Y aunque mi

libido

no afloja, ahora soy capaz de ponerlo a raya. Víctor me ayuda mucho, lo veo 3 veces por semana, mi marido le paga $50.000 pesos la hora y nuestras sesiones vespertinas inician a las 2 pm y terminan a las 6 pm. He vuelto a

disfrutar del sexo

con mi marido y ya no siento culpa.

Disfrutar del sexo con mi marido

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